Lo que el Barça es a 5 de abril era impensable a 31 de agosto. Tanto por posición en cada una de las competiciones como por sensaciones y juego. El equipo venía de un pozo que no parecía tener fondo y el club, más allá de sanear la situación, parecía echar más leña al fuego con un mercado de fichajes impropio por contexto. Es indiscutible el trabajo de Ernesto Valverde, que no solo ha devuelto al Barça a bases que otrora habían quedado en el olvido sino que, además, ha sido capaz de mejorar conceptos que igualmente eran necesarios antes de su llegada y que mostraban un nivel muy inferior al que por entidad se esperaba. No menor ha sido la reacción de los jugadores, quienes han aceptado la máxima de competitividad constante y han absorbido cada uno de los estamentos propuestos por su técnico, añadiendo un rendimiento individual que por momentos se antojaba inmejorable. Sin embargo, y a pesar de todo esto, llegados a 5 de abril Ernesto está presenciando la caída en picado del rendimiento de algunos de los jugadores sin los cuales los nuevos objetivos, renovados a partir del trabajo previamente descrito, resultan inalcanzables.

Y es que ante la Roma se hizo evidente lo que desde hace semanas era un temor: el costado izquierdo flaquea. El trío que ha sido sello de identidad hasta esta primavera parece haber reculado con respecto al resto, lo cual deriva en un descenso de rendimiento colectivo, dada la estrecha relación con la que todas las piezas congenian en el sistema de Valverde. Umtiti, Jordi Alba e Iniesta no son los de invierno y, aunque se antoja más como estado transitorio que como cambio perenne, el momento elegido para dejar de serlo es el menos idóneo.

Si bien es cierto que el nivel mostrado por Samuel antes de su lesión parecía insostenible tanto en cantidad como en calidad, los últimos minutos como zaguero blaugrana chirrían. Lento en anticipación, menos imponente en lo físico y dudoso con balón, Umtiti ha hecho que Piqué dude de si realmente podía llegar a existir un Barça a corto plazo sin sus épicas noches ante lo más complicado de la temporada. Un poco más a su izquierda, el Jordi Alba que implicaba aire fresco para Messi parece haber caducado. Como era de esperar, los rivales ya intuyen la jugada y, a pesar de que el excelso pase del argentino sigue llegando, la devolución ya no es tan efectiva, y al lateral parece costarle encontrar una segunda opción. Carente de un centro elevado con la calidad suficiente, a Jordi le faltan recursos para aprovechar los espacios que el interior y Suárez le ceden. Con el paso atrás de sus piezas más contiguas, su papel en salida y creación se ve limitado por falta de autosuficiencia y parece que lo que mantiene al nivel deseado, como el repliegue, se antoja insuficiente para el tramo final de campaña.

El último nombre es el que más peso tiene en la ecuación, pues sabiéndose el resto certezas a un nivel de regularidad mínimo, el que pusiera Andrés Iniesta encima del tablero sería el que fuera a decantar las opciones europeas del Barça. Y si la primera parte de temporada dio para pensar que iba a poder con el reto, lo físico parece haber puesto una piedra en mitad del camino que de momento pesa demasiado para que el manchego pueda esquivarla. Con la eliminatoria ante la Roma encarrilada, y dando gracias que el rival no fuera más exigente, el debe de Valverde y del propio Andrés es llegar en plenitud a las semifinales, pues de otra forma las posibilidades del Barça se reducirán a mínimos.

Ernesto Valverde ha construido un colectivo que ante un nivel individual no demasiado exigente es capaz de resistir ante cualquiera, mientras que elevándolo un poco el no perder se puede convertir, Messi mediante, en victoria sin excesivas carambolas. Así pues, la altura del techo que sea capaz de marcarse la banda izquierda del Barça marcará, en gran medida, el techo del propio equipo, siempre y cuando el resto de piezas no experimenten la bajada de los nombrados. El tiempo cada vez es menor, pero la situación permite, hasta cierto punto, no preocuparse en demasía. Por ahora.