Delantero profundo, incansable e insistente. Nacido en la cuna del fútbol madrileño, sin el punto técnico de los mejores para sobrevivir sin espacios, pero perfecto interpretando la llanura cuando el ataque se despeja. La historia de Fernando Torres con el Barça es una historia en la que el delantero siempre ha sabido poner en problemas al cuadro culé. Primero, en su plenitud, siendo el único capaz de salir indemne del marcaje del insuperable Puyol, y posteriormente, en su momento más bajo, certificando la eliminación más injusta del Barça de Guardiola recorriendo solo medio campo mientras helaba a su paso las gradas del Camp Nou. Menos afortunado en otras plazas, el de Fuenlabrada era el retrato robot para hacer daño a los azulgranas. Con alguno de ellos, sin embargo, también tuvo buenos gestos. Compartiendo bando en la selección, eso sí. En la España de Luís Aragonés, Torres era el desmarque de arrastre, el gancho a la defensa rival para separarle las líneas al contrario y que el mediocampo de Xavi, Iniesta o Silva tuviera metros en los que jugar. Un delantero experto en abrir espacios a los compañeros que tenía inmediatamente por detrás, ya fuera para que estos se volcaran en el toque o para que aprovecharan el carril libre para amenazar llegando al área. Steven Gerrard, en Liverpool, puede dar buena cuenta de lo segundo.

Fernando Torres no va a jugar contra el Barça la final del sábado pero sí un futbolista que se le parece. Protagonista tanto en la ida como en la vuelta de la semifinal que eliminó al Real Madrid, Morata compartirá con Tévez la punta de ataque en el equipo de Massimiliano Allegri. No será el hombre de la Juventus más resuelto con el balón en los pies -aunque de madera tampoco los tiene-, ni el más capaz para decidir con una jugada aislada, pero el ex-madridista es el tipo de delantero que se pasa el partido haciendo cosas, muchas y todo el tiempo, y el tipo de cosas que hace son de las que pueden incomodar al Barça. Para empezar trabajará sin balón tanto cuando ataque como cuando defienda, y preferiblemente en el sector del campo que soporta un mayor volumen de juego cuando juegan los de Luis Enrique: el de Alves, Piqué y Messi. Apoyará a Pogba y Evra, y cuando su equipo recupere saldrá disparado al espacio. En la fila india que muchas veces forman Vidal, Tévez y él mismo, el español suele ser el más alejado de la pelota. Cuando se vaya hacia su izquierda, reclamará a Piqué como lo reclamó Lewandowski en Múnich, y regalará a Pogba la libertad para aparecer por dentro -y el francés sí es de los que puede encontrar en su chistera un regate, un pase o un disparo que lo cambie todo-. Por su parte, las veces que se dirija hacia su derecha le aguardará el duelo con Mascherano y Alba, con quienes huelga decir disputará en franca ventaja cualquier balón aéreo. Para un equipo como la Juventus, con semejante arsenal de llegadores desde segunda línea, el escenario es goloso.

Contra el Barça seguramente sea ese el principal peligro de Morata, su capacidad para generar espacios a sus centrocampistas para que profundicen. Para alejar a Piqué de Sergio Busquets y que por la zona del mediocentro catalán avancen en manada Pogba, Marchisio, Arturo Vidal o el argentino Pereyra cuando ingrese desde el banquillo. Fijando la vigilancia del central y arrastrándola con él hacia adelante o a los lados, tenaz en el esfuerzo e incansable como es él. Al fin y al cabo, esta temporada es difícil recordar goles recibidos por los culés con desmarques de los delanteros rivales a la espalda de la defensa, pero sí alguno más con el oponente transitando por dentro, y ahí el madrileño es de los muy buenos abriendo camino.