Cuenta el mito (y también a su manera Robe Iniesta) que Prometeo, un titán amigo de los hombres en la mitología griega, desafió a Zeus robando el fuego para entregárselo a los humanos, y tal fue la cólera del Dios de Dioses que condenó a los hombres enviándoles a Pandora, que abrió el ánfora donde se almacenaban todas las desgracias, y a Prometeo le condenó a estar atado eternamente al Caúcaso, donde cada día recibiría la visita del águila Ethón para que le devorara el hígado. Como Prometeo era inmortal cada día se le volvía a reproducir el órgano, por lo que la tortura se prolongaba un día tras otro. Zeus finalmente permitió su liberación para gloria de su hijo Heracles, y además admitió que la humanidad usara el fuego, por lo que al final Prometeo ha pasado a la historia como el amigo del hombre. 

¿Por qué cuento todo esto? Porque mañana el Barça Lassa se enfrenta al Prometeo de los equipos, Olympiacos. Por más que le puedan devorar sigue resistiendo. Es sin duda alguna el conjunto de Europa con la identidad más definida de los últimos años. Sufrimiento, tesón y descaro hacen del equipo de El Pireo un equipo único e inmortal, pues pasan los años y siguen siendo un conjunto extraordinariamente competitivo. Este Olympiacos, el que va de 2010 hasta hoy, da esperanza a los aficionados al baloncesto europeo como Prometeo dio al hombre en la increíble mitología clásica. Sin ser los mejores, sin tener los mejores jugadores y con menos dinero que el resto de potencias europeas el conjunto heleno se ha convertido en una de las referencias del baloncesto continental. Y nada de este éxito se entiende sin dos finales de Euroliga, la de 2010 y la de 2012.

Olympiacos estaba cansado de vivir a la sombra de sus vecinos del OAKA y de la draconiana dictadura que había impuesto Obradovic en Atenas, ganando 11 de las 13 ligas que disputó y coronándose además 5 veces campeón de Europa durante ese tiempo. Así que viendo que los últimos intentos de acabar con los de Obradovic (Gherson, Macijauskas etc) no daban sus frutos en el verano de 2008 decidieron echar el resto y poner a las órdenes del ídolo griego Panagiotis Giannakis un equipo asombroso. A los Teodosic, Bourousis o Schortsanitis se unieron los veteranos Vujcic, Halperin y Papaloukas o el NBA Childress. Tras un primer intento fallido en 2009 completan el puzzle con otro hombre reclutado de la NBA, Linas Kleiza, por lo que ya no había excusas. El equipo mejoró y realizó una buena Euroliga hasta encontrarse en cuartos con un cruce amable ante Asseko Prokom. Ya estaban en París, pero en la capital francesa todos los defectos quedaron al descubierto. Si estaba allí era por pura acumulación de talento, no porque fuera un grandísimo equipo. A punto estuvo el Partizan de McCalebb de darles un disgusto en semifinales, aunque a la postre casi hubiera sido preferible viendo el desenlace de aquella F4.

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Trece años después de su última final y ante el mismo rival (el Barça de Aito y Djordjevic) tenían la oportunidad de devolver la gloria a la zona del puerto de Atenas. Pero ese Barça no era el del 97, ese Barça era un ogro absolutamente convencido de que iba a engullir a cualquier equipo que se le pusiera delante. Y enfrente tenía un grupo de muy buenos jugadores pero no un equipo, mientras que los de Pascual eran las dos cosas, así que el desenlace era previsible. Partido casi perfecto del cuadro blaugrana y proyecto de Olympiacos liquidado. Esa fórmula tampoco había funcionado.

Hubiera quedado muy oportuno y poético decir que este Olympiacos que conocemos en la actualidad es la reacción a la paliza del Barça en Bercy, pero es sólo el 50% de la causa. La otra mitad nacería en Estambul en 2012 y con otra vez el Barça de por medio. El naufragio del proyecto Giannakis propició el aterrizaje de uno de los grandes de los banquillos europeos, Dusan Ivkovic, uno de los arquitectos entre otras cosas de la increíble Yugoslavia previa a la división. El serbio se hizo cargo de Olympiacos en el verano de 2010, y también forzado por la terrible crisis económica que sacudió al país heleno empieza un proyecto casi desde cero, marcado por una reducción de presupuesto, la salida de los jugadores ilustres que habían fracasado en su misión y la llegada del hombre que lo cambiaría todo, Vassilis Spanoulis. En Atenas había un equipo que hacía bien las cosas y otro que las hacía mal, pero la decisión del de Larissa de fichar por los de El Pireo y no renovar por Panathinaikos cambiaría el curso de la historia. Spanoulis, que había sido el héroe de la última Euroliga de Panathinaikos, hizo de Prometeo y desafió al dios Obradovic, que nunca le perdonó semejante traición. 

La temporada 2011-2012 fue una buena declaración de intenciones en el inicio del proyecto, revalidando la Copa (no ha vuelto a ganar este torneo) pero cayendo a la hora de la verdad primero en cuartos de Euroliga ante Montepaschi en una serie extrañísima y luego en la Final de Liga ante PAO. Así que aprovechando las salidas de los últimos restos del proyecto Giannakis (Bourousis a EA7, Teodosic a CSKA…) Ivkovic decide radicalizar su apuesta para la temporada siguiente hacia un baloncesto más físico y asentando las bases de la nueva etapa. Con Teodosic en Moscú Ivkovic le da los mandos a Spanoulis de manera descarada y el “7” se convierte en amo y señor del baloncesto europeo, y alrededor de él un séquito de fieles, también griegos. Mantzaris, Sloukas, Papanikolaou y el recuperado Printezis dan forma al núcleo duro de ese gran Olympiacos, al que luego completan jugadores como Kyle Hines, Joey Dorsey o Pero Antic.

Lo cierto es que esta vez se acaba plantando en la F4 jugando un torneo mucho peor y eliminando en cuartos al verdugo de la temporada anterior, Montepaschi Siena. Allí esperaba el Barcelona, pero un conjunto blaugrana muy distinto al de 2010. Algo cambió en el equipo tras la trágica serie de cuartos 2011 ante Panathinaikos, y aquel grupo convencido dio paso a uno mucho más temeroso en los momentos comprometidos. No obstante antes de aquella semifinal se hablaba de un Olympiacos menos talentoso y con peor plantilla, y no era incierto, pero lo que se vio luego en pista quedó en la retina de los culés como un quiero y no puedo constante ante un equipo de Ivkovic que sin hacer un gran partido se colaba en la final. Allí se dio cita con el todopoderoso CSKA de Kirilenko, Siskauskas, Teodosic o Shved, y la final cumplió las expectativas durante 30 minutos, pero en los 10 restantes comenzaba a nacer el mito de Olympiacos. Esa canasta marca de la casa del renacido Printezis tras genial asistencia de Spanoulis daba mucho más que una Euroliga. En Estambul esa noche se forjó el Olympiacos campeón, ese equipo hecho a prueba de bombas, que no da ningún partido por perdido y que en los momentos de presión responde como nadie de la mano del genio de Larissa.

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El título reforzó la idea de Ivkovic pese a la marcha del serbio, pues a partir de ahí la construcción del equipo siempre fue similar. Spanoulis como eje de todo acompañado por otro 1-2, llámese Sloukas, Mantzaris o Hackett. La figura del 3 físico que en su día representaba Papanikolaou y ahora Papapetrou y otra vez el ex del Barça tras su regreso, sin olvidarnos de Lojeski como gran agitador exterior y ejecutor de las ventajas que genera Spanoulis. Por dentro la figura de Printezis como socio eterno del «7» en el arte del pick and roll, dignísimos herederos de la pareja Diamantidis-Batiste al otro lado de la ciudad. Y físico, mucho físico en el puesto de center. Dorsey, Hines, Hunter, Dunston y ahora Young o Birch como buenos defensores y excelentes finalizadores.

Es curioso que ese dominio continental no se trasladara a Grecia, donde exceptuando las dos últimas temporadas Panathinaikos siguió ganándole Ligas y Copas pese a ser un equipo peor. Y es que este Olympiacos siempre ha sido mucho más competitivo y peligroso en Europa que en Atenas, donde la rivalidad entre verdes y rojiblancos es exagerada, aunque en El Pireo los ánimos van más calmados. El mejor Olympiacos de este ciclo posiblemente fuera el que repite cetro europeo en 2013 con Bartzokas en el banco, arrasando a CSKA y Real Madrid en Londres, pero pierde la Liga y el ahora técnico culé no acaba la siguiente, tomando el mando Sfairopoulos, que ha continuado con la idea.

Olympiacos nace y muere con Spanoulis, y si el genio está bien los griegos son aspirantes a todo. Y ahora está bien, muy bien. La salida de Sloukas hizo daño y Hackett no respondió a las expectativas, así que este año se ha rodeado mejor al «7» con la llegada de Erick Green, y además que Matt Lojeski esté físicamente bien es una noticia extraordinaria para un equipo que necesita sus puntos. Peores noticias representa Papanikolaou, que parece lo contrario al vino, empeora con el paso de los años. Decepcionó en Barcelona y no triunfó en la NBA, pero es que ahora de vuelta a Atenas está jugando mal. Defensivamente es una garantía porque sigue teniendo un físico privilegiado, pero lo que podía hacer en ataque, esos triples liberados donde tenía muy buenos porcentajes, ya no lo hace tan bien, y además tampoco ha sumado otras variantes que enriquezcan su juego, y ahora se le exige mucho más que cuando era un crío. No son pocos los que le cuestionan y reclaman más protagonismo de Papapetrou. Printezis sigue a un nivel altísimo y el agujero que dejó Otello Hunter en la pintura ha sido cubierto por un cada vez más importante Khem Birch, Nikola Milutinov y Patric Young, al que la grave lesión de la temporada pasada amenaza con truncar su prometedora carrera en Europa.

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Olympiacos recibirá en armas al Barcelona tras dos derrotas consecutivas, primero en casa ante CSKA en un partido que acabó compitiendo pese a mostrarse muy inferior a los moscovitas y luego más sorprendentemente en la pista de Galatasaray, por lo que le urge ganar para igualar en la clasificación con un rival directísimo por una de las cuatro primeras plazas. Partido de extrema dificultad para el Barcelona, que no sólo conoce sus limitaciones en este punto de la temporada sino que además sabe de sobra lo que es El Pireo, el Hades.